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La criminalización de las Nuevas Tecnologías

en Opinión por

Mi experiencia como formador en Nuevas Tecnologías me ha dejado algo muy claro: la tecnología no gusta a los mayoresMuchas han sido las veces que dando clase a personas con pocas habilidades tecnológicas, he escuchado frases como:

 

“La juventud está como está, porque en vez de jugar con los amigos está todo el día con el ordenador”.

“A mí lo de comprar por internet… ¡Tengo un amigo al que le llegó todo roto!”.

“¿Para que me interesa aprender a hacer trámites por internet? ¡Sí necesito algo, hago la cola y ya!”

“Violencia por la tele, en los videojuegos… sexo a la orden del día… ¡Luego que pasan las cosas que pasan!”

“¿Para qué me voy a hacerme un email, si no lo voy a usar?”.

“A mí esto… ni me gusta, ni lo necesito, ni lo voy a usar”.

“Han querido que me compre un Smartphone… Les he dicho que no”.

 

Estas son algunas de las frases que durante años, he podido escuchar repetidas veces en mis clases. Esto me llevó a reflexionar: ¿qué sucede para que la tecnología genere rechazo en gran parte de la población? ¿Qué genera esta manera de pensar?

La letra con sangre…

La vertiginosa modernización de nuestra sociedad, favorece la centralización de la tecnología en nuestras vidas. Este proceso socio-económico de industrialización y tecnificación produce cada vez más cambios, provocando la aparición de la Brecha digital:

“separación existente entre personas, comunidades, países… que utilizan la tecnología como parte rutinaria de su vida y aquellas que no tienen acceso a las mismas y/o no saben cómo utilizarlas”. (Fuente: www.labrechadigital.org).

Este fenómeno ha ido polarizando nuestra sociedad entre “nativos” e “inmigrantes digitales”, generando problemáticas vinculadas con la adaptación de estos últimos a una sociedad cada vez más tecnologizada. En este contexto, el capitalismo y neoliberalismo han encontrado el caldo de cultivo perfecto agrandar esta división social. Viéndose reflejado por ejemplo, en el tipo de relación que mantienen las personas con las instituciones, que se centran actualmente en lo digital. Estos cambios están sustentados en dos ideas erróneas.

  1. Todo el mundo tiene acceso y sabe usarla las Nuevas Tecnologías.
  2. Todo el mundo las significa como algo positivo para su vida.

Lamentablemente, estas decisiones se toman sin tener en cuenta el elevado número de personas que no pueden asumir el “salto digital”. Este impedimento, sustentado en la falta de aptitudes o de actitudes de la población, posibilita la creación de discursos negativos sobre la tecnología.

No podemos olvidar el peso que la variable económica tiene en este proceso, no solo desde la óptica de una tecnología de lo cotidiano, sino desde los maniobras que generan una necesidad respecto a ella y su uso. Obviamente para una empresa es más rentable que realicemos nuestros trámites por internet que en sus oficinas. Algo similar ocurre con las citas previas por internet,resultando más barato crear una web con un formulario para solicitar turno, que mantener un call-center donde organizar los horarios. Sin entrar a valorar estos cambios, destacamos el abandono que sufren aquellos sin habilidades para asumir este nuevo estilo de vida, ya que lo terrible de este suceso no es la imposición tecnológica en múltiples espacios de la vida cotidiana. El problema radica en la suspensión de los métodos tradicionales para conseguir algo tan básico como un turno en el médico, generando en aquellos que sufren esta exclusión dinámicas de resistencia a todos los niveles de su realidad.

Imponer la tecnología por la fuerza, no sólo invisibiliza los cambios positivos en el día a día de las personas de esta, sino que promueve la aparición de procesos negativizadores, los cuales son articulados en forma de narrativas, posicionando a los sujetos en contra de la sociedad digital. Las personas inmersas en la anterior dinámica corren el peligro de ser excluidas socialmente. Su falta de participación en las dinámicas digitales, favorece el aislamiento de muchas otras.

Veamos un ejemplo de resistencia cultural respecto al cambio tecnológico, articulado en la narrativa de uno de mis alumnos:

“Llegué al banco. Me dijeron que para reintegros de efectivo, al cajero. Yo sé usar un poco, pero…. ¡Nadie me dice donde saco mi dinero! Hice un escrito y al final terminé por cambiarme de banco a otro donde sí se podía”.

Este es un ejemplo de imposición tecnológica que, lejos de fomentar el uso de la tecnología, más bien genera su repudio.

La habilitación de tecnologías educativas sustentadas en aquello que demandan los inmigrantes digitales, es bajo nuestro punto de vista la solución más eficaz, sirviendo además como puerta de acceso al mundo digital. La organización de cursos y dinámicas según sus demandas acabarían con parte del rechazo que la tecnología genera. Nuestra realidad es que, como en todo lo vinculado con la educación, “la letra con sangre no entra”.

Por supuesto, las intervenciones educativas han de basarse en un conocimiento previo de aquello interesante para esta población, y es ahí donde la antropología asume un papel muy importante, como ciencia que da voz a todas las personas que intervienen en un fenómeno social.

¿Qué sucede con la Antropología?

Más allá de la discusión sobre la validez de una Antropología de las “Nuevas Tecnologías” o en las “Nuevas Tecnologías” (como sucedió hace años respecto al estudio de lo urbano), me gustaría reflexionar no solo sobre cómo la tecnología está influyendo en la práctica antropológica, sino en la aparición de nuevos objetos de estudio. Los cambios tecnológicos deben entenderse no sólo como mejoras que faciliten nuestros estudios, sino como un proceso que genera una serie de fenómenos concretos, los cuales pueden y deben ser estudiados como reflejo metafórico de nuestras sociedad. Por lo que como investigadores se nos presenta un suculento panorama de nuevas realidades para analizar, siendo la tecnología tanto el soporte como el escenario de dichos fenómenos.

Sin embargo, al igual que sucedió durante la aparición de la Antropología Urbana, está transformación está resultando complicada. Al igual que la transición desde el estudio de los pueblos exóticos al estudio de contextos cercanos fue difícil, la introducción de lo digital como objeto de estudio lo está siendo también. Ambos cambios se caracterizaron por la aparición de discursos en contra de su validez epistemológica, nacidos más como un intento de resistencia ante el cambio que acontecía, que como reflejo de la realidad.

Ante esta situación se nos plantea la siguiente cuestión: al igual que los inmigrantes digitales han generado resistencia hacia la tecnología y el cambio que esta produce en su estilo de vida, ¿no estaremos reproduciendo este modo de actuar desde la antropología?

La población que se define en contra del cambio tecnológico genera a través de sus discursos un modelo explicativo sobre la tecnología sustentado en sus propias experiencias. Este posicionamiento, como ya hemos comentado, responde más a una resistencia al cambio que a un reflejo de la realidad. Sirviendo a su vez como estrategia para ocultar una falta de aptitudes respecto a la tecnología. Este déficit desempodera a una parte de la población que por su edad debería tener un rol social central. Con lo que argumentando maldades y rechazando este cambio, defiende su posición respecto a otras poblaciones que compiten por ella.

Respondiendo a la pregunta sobre la relación actual entre la Antropología y los cambios tecnológicos, podemos afirmar sin equivocarnos de la existencia de dinámicas de resistencia como herramienta de empoderamiento similares a las anteriormente expuestas, dentro de la realidad de la disciplina.

Al igual que ha sucedido en muchos otros momentos durante la historia de nuestra ciencia, los cambios son, en un primer momento, definidos desde lo negativo. La llegada de la observación participante, el inicio del estudios de las sociedades contemporáneas, la descripción densa, etc. fueron, en principio, denostadas. Con lo que el rechazo hacia el cambio que supone la tecnología para la disciplina no es algo que deba alarmarnos.

Pero además, de la misma manera que aquellos que no saben utilizar la tecnología están desempoderados, los antropólogos que no tiene aptitudes y/o actitudes para incorporarla a su quehacer científico, que esgrimen argumentos sobre la falta de validez epistemológica de estos nuevos modos de hacer Antropología, rechazan estas herramientas que pueden excluirlos del ámbito académico.

La actualidad del debate tecnológico de los departamentos, las universidades, los profesionales, y los estudiantes de antropología no se centra en si esta es buena o no para la práctica, sino en la validez los nuevos objetos de estudio que se están planteando. Algunos de los cuales para ser comprendidos, deben de ser abordados con técnicas o modificaciones de la etnografía clásica, suponiendo de nuevo una gran ruptura con la tradición etnográfica. Cambio que a su vez generan resistencia por parte de la disciplina, sustentada en una pérdida de cientificidad que no es tal, siendo un rasgo endémico de la disciplina a lo largo de su historia.

Claro ejemplo de este fenómeno es la “Etnografía Digital. Esta una herramienta novedosa, permite a los investigadores conocer el modo en que las personas se comportan e interactúan en el mundo digital, rompiendo la antigua necesidad de participar físicamente del fenómeno para poder captarlo de la manera más fiable.

Actualmente se han modificado las formas y usos en los que las personas se relacionan. Infinidad de personas comparten sus vivencias en redes sociales, modificando sus interacciones con sus iguales ante las posibilidades que ofrecen estas nuevas plataformas.

Con lo que nosotros como antropólogos, lejos de emitir juicios de valor sobre estos nuevos modos de relación, debemos de adaptar nuestra prácticas y herramientas a las nuevas situaciones. Transformando esa obligación de vivir in situ el fenómeno estudiado en dinámicas de creación de herramientas sustentadas en nuestro método, que sean capaces de dar cuenta de la infinidad de datos que nuestra actual con la tecnología está generando.

De esta necesidad se creó la “netnografia”, herramientas que va mucho más allá de una etnografía de internet al nacer como una complejo metodológico con el que hacer frente a este nuevo sistema sistema de percepción e inteligencia sustentado en el novedoso espacio sociocultural que supone internet a día de hoy.

De ahí que igual que planteamos reflexión y apertura a los inmigrantes digitale de “a pie” y a sus modos de vida, lo hacemos para los antropólogos y sus métodos de investigación.

Conclusiones

Este artículo no quiere centrarse en defender a ultranza las bonanzas de las nuevas tecnologías. La Antropología encuentra con facilidad una explicación a la resistencia y a la proliferación de discursos negativos de buena parte de la población, como resistencia al cambio y al proceso de desempoderamiento que ciertas personas están sufriendo tanto por los cambios surgidos por la modernización, como por los obligados por la implementación de prácticas neoliberales por parte de empresas, medios e instituciones.

Pero llama mucho la atención como la disciplina de la reflexión por antonomasia no es capaz de darse cuenta de como dinámicas similares suceden en la actualidad dentro de sus propios departamentos.

La reflexión que sugerimos desde aquí será: ¿No estaremos haciendo lo mismo que los migrantes tecnológicos a los que nos hemos referido en el inicio de este texto? ¿El desprestigio que sufre la etnografía digital no responderá más a una “negativización” de estas, sustentadas en una resistencia al cambio? ¿No existirá también una brecha digital dentro de la Antropología?

Creo es por todos sabido que los métodos de trabajo de la Antropología están sufriendo una nueva adaptación a la realidad actual. Lo que pretendo hacer es incitar la reflexión sobre la situación actual de la antropología en relación a las nuevas tecnologías. No sea que por debajo de gran parte de la crítica que recibe la etnografía digital, estos trabajos basados en las redes sociales, etc. se sustenten más en una resistencia hacia el cambio de la disciplina y la pérdida de poder por parte de algunos de sus integrantes, que por la falta de validez epistemológica de estas nuevas metodologías que poco a poco se van significando como necesarias en la nueva sociedad digital que nos ha tocado vivir.

Doctor en Sociología y Antropología UCM, experto en adicciones, colaborador en el área de investigación y formación de la Asociación Proyecto Hogar. Experiencia en políticas sociales, recursos asistenciales para drogodependientes y gestión de proyectos de investigación. Asesor en cuestiones sociales del Ayuntamiento de La Granja de San Ildefonso

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